Carmen.
Bueno... mejor dicho...
Doña Carmen.
" Fui las más risueña de las putas, les encantaba mis carcajadas. La Gran Via era MI GRAN VIA. Aunque yo siempre preferí las calles cercanas, pequeñas y acogedoras... aquellos tiempos..." murmura mientras apoyados en las barandillas de nuestras terrazas, cada uno rumia lo suyo. Ella Gitanes y yo uno de mis trockolines de hierbabuena.
"Si fumas mucho de eso, te dejará de funcionar el pito".. y vuelve a sus silencios alejando los ojos hacia la M-30.
La escuché con su hija el otro día. Se oye todo a través de las paredes de papel que separan nuestras viviendas. Su hija quiere que se vaya a vivir con ella a Guadalajara, con su yerno y con sus nietos. Que venda su casa y abandone años de recuerdos. Su hija sólo sabe que su madre fue churrera y panadera. Y en parte es cierto. El nacimiento de su hija transformó los días de Doña Carmen en madre soltera y eliminó sus noches, abandonando las mamadas por la harina y el aceite.
"Ahora no me llega la pensión de jubilada. Voy a tener que volver a la calle".. y se frota las manos deformadas de artritis reumatoide. " Hace frió, me voy para adentro. Hasta luego vecino".
Desde las sombras de mi dormitorio la veo en su dormitorio, en su altar de antigua dama. Frente al espejo iluminada por una pequeña lámpara de luz cobriza. Cuerpo de siete decenios y ojos de veinte años. Su tocador lleno de polvos, pintalabios, lápiz y sombra de ojos, colorete y la gran duda entre Promesa o Madera de Oriente, sus dos perfumes preferidos.
Retoca con lápiz de ojos negro el tatuaje con forma de lunar que acompaña siempre su sonrisa y que entre tanta porra, tanto churro y tanto pan, perdió su color original y ahora siempre es azul.
Termina, se mira, se descubre, cierra sus ojos y sonríe.
Abre un baúl.
Blusa de raso turquesa escotada con cinta de seda y camafeo al cuello por aquello de las arrugas del cuello. Sus varices y sus piernas enguantadas en medias de cristal sujetas con ligas que saca de una bolsa en la que pone Saldos Arias. Falda de tubo negra con un largo por debajo de la rodilla.
Abandonando a un lado su calzado ortopédico y mostrando generosos juanetes, introduce sus pies en zapatos de charol granate apretando sus gorduras tobillares.
Se levanta, valiente, fuerte. dispuesta. Lo que ve le gusta. Se gira, silba y posa para su espejo.. y sin saberlo, para mi.
Eyaculo en el instante que la oigo abandonar la casa.
Salgo de nuevo a la terraza. Nocturnos fríos de enero.
La calle vacía suena a mis caladas y al repiqueteo de sus zapatos coloraos de postguerra iluminados por luces marrones que dejan una larga sombra de hembra con la ilusión de la vuelta al trabajo cuarenta años después.
Y nuestra noche huele a MADERA DE ORIENTE.












