Los lunes mi vecina limpia, por fuera, los cristales de su terraza cerrada. Asoma su cuerpo al vacio de una sexta planta con ascensor y calefacción central que tiñe de amarillo todos los rincones del edificio. La escucho silvar poemas andinos mientras baja y sube de la silla que le ayuda a llegar hasta casi el techo. El sonido del agua apretada y escurriéndose entre sus manos para despues arrancar la acumulación de contaminante en el exterior... demasiado cerca la M-40.
- ¿Algún día te caerás?... le pregunta su hijito de apenas siete añitos.
- No lo se. Todos nos caemos alguna vez.- Su voz sonríe.
Le cuenta a su hijo una historia de enormes pájaros que se convirtieron en hombres y ahora habitan la tierra. Esos hombres y mujeres cambiaron los inciertos vientos del aire por la seguridad de la tierra. Pero estan avocados a volver a los aires cuando fallecen.
- Entonces, mami. ¿Si te cayeras te convertirías en un pájaro?
- Probablemente en un Condor como los que veía de pequeña desde mi casa.
Sentado en el suelo de mi terraza y apoyada la espalda mientras fumo, sigo atentamente la historia, como una vieja cotilla.
- Nunca he visto un Condor, mami. ¿Son bonitos?.
- Son las almas más hermosas.
- Me gustaria ver un Condor mami.
- Despues te lo enseño en la enciclopedia. Sujeta bien la silla.
- ¡QUIERO VER UN CONDOR, MAMI!.
Escucho el sonido de la silla al ser empujada. La ahogada sorpresa de la madre al perder pie y un largo grito de caida que termina bruscamente con un sonido similar al que produce el pan recien hecho y crujiente cuando se aprieta..
El niño de 7 años llora desconsolado mirando al cielo sin encontrar al Condor.
Una enorme sombra cubre la calle con su muerte.
Algunos dirán que fue nube.


